Como punto de partida diremos que cuando nos referimos a meditar, hablamos del ejercicio constante de introspección: o sea de sentarse por un tiempo establecido, con el propósito de conectarse con uno mismo. Seguramente, ya hayas escuchado hablar del tema o incluso ya hayas practicado.

Los Yogis que han logrado que esa conexión íntima sea constante, nos dicen que debido a nuestra condición humana, meditar es tan simple como respirar, dormir, caminar, hablar… Sin embargo, cuando conversamos sobre la experiencia de cada uno, escuchamos que algunas veces fluimos en la práctica, pero otras libramos una batalla con el cuerpo, la mente, con el compañero de al lado que no se queda quieto, con los ruidos externos, con la mosca que sobrevuela… diversas vicisitudes en cada práctica nos terminan distrayendo y haciendo que esa conexión no sea posible. Cuando aprendemos los primeros pasos de la meditación: relajar el cuerpo, observar la respiración, concentrarse en algún elemento, experimentamos que al darle órdenes al cuerpo y a la mente, ellos responden y se dejan guiar. Pero entonces, ¿dónde está el obstáculo? ¿Por qué meditar parece tan difícil?

En principio uno de los grandes obstáculos es que por hábito culpamos a factores externos a nosotros: el que dirige no me inspira, el compañero me molesta, tengo frío, tengo calor, etc. Es verdad que los factores externos distraen, pero el obstáculo no está afuera, está en nosotros. Y no es un obstáculo firme e indisoluble como una roca en medio de un camino que no me deja pasar ni lo puedo mover, es más bien un gran ovillo enredado de hilos de diferentes tamaños y colores. Y esos hilos están compuestos de: pensamientos sobre algún suceso presente que me atormentan porque no sé cómo resolverlo; resentimiento con alguna persona con la que convivo, prejuicios sobre lo que estoy practicando, recuerdos, inseguridades, miedos; y el gran fantasma del aprendizaje “no puedo, esto no es para mi”.

Hay múltiples formas de ir desenredando el ovillo, actividades paralelas que ayudan a que la práctica de meditación sea cada vez más fluída, como: la filosofía, la psicología, el arte, actividad física, la buena alimentación, terapia, nuevas amistades, viajes, etc. Pero lo que hace cenizas el ovillo obstaculizador es el Autoconocimiento. Sobre esto, el Bhagavad Gita nos enseña: “Una chispa de este conocimiento salva al ser humano del gran obstáculo”. Todas las actividades antes mencionadas, inclusive y sobre todo la meditación, pueden ser detonantes de este conocimiento que ocurre como una chispa en nuestro interior. Es el tipo de conocimiento que permite diferenciar lo que verdaderamente Soy, de lo que se quedó adherido en mí, confundiendo mi identidad.

Es responsabilidad de cada persona encontrar la mezcla de actividades que lo ayudan a vivir mejor, ser más feliz y más libre. Es por eso que nos identificamos rápidamente con la imagen del peregrino: la persona que viaja buscando en diferentes lugares aquello que lo llama desde adentro. Vaya donde vaya, con su mente abierta y su corazón ardiente lo encuentra de diferentes formas pero siempre logra que detone la chispa y volver al Ser.

Dejar un comentario